
A lo largo del año se celebran en Barcelona multitud de festivales de cine dedicados en exclusiva a los más diversos subgéneros: musical, independiente, cortometraje, cine brasileño, cine judío, asiático, etc. No podía faltar entonces un certamen internacional centrado en el documental, uno de los géneros cinematográficos con más auge de los últimos años, a pesar de que el DocsBarcelona lleva ya trece años luchando para acercar pedazos de realidad a las salas de cine.
Con la mayoría de sedes ubicadas en el barrio de Gràcia, la edición de este año de DocsBarcelona concluyó el pasado domingo 7 de febrero después de cinco días muy intensos. A parte de cierta incomodidad para los acreditados de prensa a la hora de recoger las entradas para las proyecciones, la mala suerte que acompaña tradicionalmente al número trece me hizo perderme la proyección de “Pecados de mi padre”, el documental que inauguraba la muestra de este año.
En efecto, los problemas con el audio en la Filmoteca de Catalunya hicieron que el público empezara a protestar, con lo que se detuvo la proyección y se inició la reparación. Este hecho, unido al retraso de más de media hora respecto a la hora de inicio prevista y a mi compromiso ineludible de cubrir un concierto en otro punto de la ciudad condal, me obligaron a abandonar la sala y quedarme sin saber lo que tenía que contar el hijo de Pablo Escobar, el conocido capo del cártel de Medellín. Por cierto, lleno absoluto de los que no se recordaban ya en la Filmoteca…
De todas formas, mi periplo por el espectáculo de la realidad empezaba mal. Y si no quieres caldo, toma dos tazas. El primer documental que vi fue “Una cierta verdad”, posiblemente uno de los más Hardcore de toda la edición. Más de dos horas de realidad en tu puta cara, retratando diversas historias reales de enfermos de esquizofrenia y del trabajo de sus psiquiatras. Me costó pillarle el rollo, pero debo reconocer que acaba enganchando lo que ves en la pantalla, especialmente a partir de la aparición del pintor. Impagables son sus diálogos con el trabajador social, donde queda perfectamente patente el mérito y la paciencia de estos profesionales de la salud mental y lo delgada que es la línea que separa la genialidad de la locura. Lo dicho, película cruda pero de visionado altamente recomendable.
Ese día ya tuve bastante, aunque el sábado me propuse ponerme las pilas. “Immersió” se situaría en las antípodas de lo que había visto el día anterior. Veinticinco minutos de bellas imágenes bajo las aguas de una piscina municipal. Un medio que acepta a todos los cuerpos sumergidos, ya sean viejos, jóvenes o incluso el primer baño de un bebé. Técnicamente brillante, este documental de Neus Ballús reconforta y muestra al cuerpo humano en su expresión más pura e inocente. Sin duda, un soplo de aire fresco.
Más tarde, “Una carta per a l’Antonio” me dejó un poco frío. Entre que llegué un poco tarde al cine Casablanca Kaplan y que la historia es demasiado personal, no me acabó de llegar. Sinopsis: Una nieta decide hacerle un regalo a su abuela, la búsqueda de un amigo de su niñez del cual no volvió a tener noticias poco después de empezar la Segunda Guerra Mundial. Ok, la historia es entrañable y todo eso, pero uno no acaba de identificarse por muchas cartas a Antonio que haya de por medio.
Nada más acabar ésta, “Ícaro” te vuelve a pegar un puñetazo en los ojos. De nuevo una historia durísima, sobre los últimos días de un enfermo terminal de cáncer. Eso sí, al menos hay un rayo de esperanza en la historia: los SMS anónimos que le envía un familiar para infundirle ánimos en ese lance. Aunque quizás peque de cargante por los textos enviados y recibidos en los mensajes de móvil, no hay que olvidar que lo que se cuenta ocurrió de verdad y este documental de media hora rinde homenaje a las personas que lo vivieron de cerca. Por eso, gran respeto.
En cambio, “Sol” es de esas historias tristes que te dejan buen sabor de boca y no sabes muy bien por qué. Tal vez sea por la música (excelentes las dos piezas seleccionadas por su director, Pedro Rafael Gómez) o por el cariño que se acaba cogiendo al personaje principal. Y es que Antonio es un abuelito que vive solo en el barrio de Gràcia, pero pinta para ocupar su mente y pasea habitualmente por las calles para saludar a los conocidos. Esta tierna historia retrata, en efecto, la soledad de los ancianos y el preocupante problema de la sociedad española de dejarlos apartados porque molestan y ya no son útiles. Por cierto, el anciano protagonista, emocionado, acudió a la proyección elegantemente trajeado y estuvo arropado en todo momento por el equipo realizador del film.
Poco después y para dar por finalizadas las sesiones del sábado, “La maleta d’en Michel” agrada por el ritmo de narración y por la investigación que lleva a cabo su directora, Clara Farràs, quien, después de encontrar una maleta en una casa okupa de Barcelona, descubre que está llena de fotos y recortes de prensa de Michel, un artista de variedades de los años 40. A pesar de ser un entertainer famoso en la época, Farràs se da cuenta de que nadie sabe cómo acabó su carrera ni qué fue de él, por lo que se propone recomponer su historia a base de muchas pesquisas. “La maleta d’en Michel” acaba resultando un proyecto interesante, no tanto por el personaje en sí sino por el proceso puesto en marcha a partir del curioso hallazgo.
Mis sesiones del domingo, última jornada del DocsBarcelona 2010, se inauguraron con “Sugar Town: The day after”. Este film trata sobre una ciudad del Peloponeso griego devastada por los incendios del 2007 y cómo entonces entran en juego las promesas de los políticos, la corrupción, el pelotazo inmobiliario, el tráfico de influencias, etc. Se me hizo bastante pesada la proyección, puesto que los diálogos son en griego y los subtítulos eran en inglés y en catalán al mismo tiempo. Además, retrata una ciudad y unos políticos que nos pillan lejos, a pesar que la temática tratada nos toca muy de cerca a todos los que conocemos las atrocidades cometidas en la costa mediterránea.
Menos mal que el panorama dominical mejoró con “Of time and the city”, una estupenda película urbana de Terence Davies sobre su ciudad natal, Liverpool. Pocas imágenes de los Beatles y del club de fútbol (los dos iconos de la ciudad inglesa) y mucho material de archivo sobre la urbe industrial y portuaria. Las imágenes de entonces de la vida de la gente, de los barrios y de la arquitectura en decadencia son muy poderosas, mientras que se enlazan entre sí a través de los textos recitados por la voz en off del propio Davies. En “Of time and the city” no hay diálogos, sólo memorias cargadas de melancolía. Eso sí, la narración tan poética es compleja de entender por momentos, especialmente si se presta mucha atención a las imágenes en vez de a los subtítulos, y eché en falta más rodaje del Liverpool actual, de tal forma que se pudiera hacer una especie de retrato de la evolución del paisaje urbano del lugar. Con todo, una de las mejores películas (si no la mejor) de las que pude ver durante el certamen.
Por último, “To shoot an elephant” tenía el partido ganado antes incluso que la proyección empezara. Y es que un documental grabado cámara en mano en la franja de Gaza durante los ataques israelíes de la operación “Plomo fundido” no es algo que se pueda ver fácilmente en la televisión o en otros cines. Con gente que se quedó fuera porque en la sala del Verdi Park no cabía ni un alfiler (y eso que era un domingo a las 22h), Alberto Arce y Mohammad Rujailah dan su particular versión sobre el sufrimiento de la población civil palestina y las dificultades que enfrenta el cuerpo médico que trabaja en esta zona devastada por los ataques de Israel. Una auténtica warzone donde los objetivos de los misiles y de las balas no son otros que hospitales, parques infantiles, campos agrícolas y almacenes de comida y medicamentos. Por tanto un documento de visionado obligatorio para todos aquellos que todavía creen que el problema de todo el conflicto se llama Hamas. Pero claro, hay verdades que no interesa mostrar y ya veremos qué tipo de difusión consigue “To shoot an elephant”, por cierto titulada igual (y no por casualidad) que un ensayo de George Orwell.
Ya para acabar esta columna de opinión quisiera comentar que me parece una gran idea eso de acompañar todas las películas con un coloquio con alguno de los responsables de las mismas (directores, productores, actores, etc.). Al fin y al cabo, escuchando al ideólogo de turno se comprenden cosas que habían quedado ocultas o poco claras durante la proyección, constituyendo así una forma inmejorable de enriquecer ese espectáculo de la realidad que es el cine documental.





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