Hace un par de meses, en mi casa se compró un robot de cocina. Sobre el papel, la cosa parecía tecnológicamente milagrosa. Abrías la tapa del robot, introducías en su interior los diferentes ingredientes en la cantidad indicada por el libro de recetas que acompañaba al aparato (¡más de 300 platos!), cerrabas la tapa, digitabas el código de la receta elegida y te despreocupabas hasta que una enérgica campanada te avisaba de que tu comida estaba ya lista.

La cosa comenzó a ganar gracia cuando nos fuímos dando cuenta de que el simpático cacharro tenía una gamberra voluntad propia. Siguiendo minuciosamente las indicaciones dictadas por el recetario, los resultados obtenidos en distintos intentos se revelaron diabólicamente antojadizos. Sólo había que observar las diferentes tonalidades obtenidas con el helado de fresa para llegar a la conclusión de que lo que en un principio nos habían vendido como la consagración del progreso tecnológico no era más que una azarosa ruleta rusa.

¡Ni se nos pasó por la cabeza ir a la oficina del consumidor a protestar en contra de nuestro desobediente robot! Su imprevisible previsibilidad lo convirtió en la cosa más divertida que hubiese en toda la cocina. De emperador domótico omnipotente a entrañable juguete con el que perder el tiempo. Cada campanazo significaba una nueva sopresa y venía seguido por un montón de risas.

Pues bien, Alex Delivery (que por cierto, no son un cantautor freakie, sino un quinteto neoyorquino) parecen usar la misma ‘lógica’ culinaria que nuestra querida termomix. Ellos comienzan a meter mano donde les da gana, se les puede echar todo lo que uno quiera: space-rock, kraut, Faust, pop, xilófonos, indietrónica, Xiu Xiu, math-rock, teclados, ruidismo digital, más pop, folk, flautas, Casiotone For The Painfully Alone, sintetizadores, baterías, mucho más pop… y así hasta vaciar la despensa. Luego, ellos comienzan a darle vueltas al batiburrillo, como les da la gana, dejándose llevar por sus emociones y estímulos -fuera intelectualismos o modas-. Mueven y remueven hasta que les queda un pastiche -en el mejor de los sentidos del término- que nadie entiende muy bien de dónde haya salido, aunque siempre entusiasma con sus vivos colores. Así y no de otro modo parece estar hecho este “Star destroyer”.

Sólo queda una cosa: Llevárselo a la boca. Y bien, aunque haya que reconocer que en ocasiones llegan a ser tremendamente indigestos, especialmente en las primeras escuchas, las dificultades de asimilación quedan compensadas por la viveza y sinceridad del experimento.