Llamadme anticuado si quereis, pero yo soy de esas personas retrógradas que piensan que los mejores y más influentes discos de rock’n’roll se hicieron en los años que van del ‘65 hasta el ‘69 (Atención: ¡polémica!), por no hablar de esos maravillosos ropajes y peinados. Lo siento, aunque soy consciente que Shake some action, Nevermind the bollocks o Pink flag salieron algún tiempo después, no puedo evitar pensar que sin todos esos discos de Dylan, Who, Small Faces, Kinks, Byrds, The Monks, Pretty Things, Downliners Sect, MC5, The Stooges y compañía nada hubiera sido lo mismo (ya sé que lo mismo se podría decir de Chuck Berry, Fats Domino, Bo Diddley y toda la colla de pioneros de los 50, pero ya sabeis que la cabra tira al monte).
Supongo que a Fleet Foxes les pasa algo así. Bueno, supongo no, lo sé seguro, no sólo porque se note a la legua escuchando su disco de debut sino porque además lo confiesan ellos mismos al decir que “crecimos escuchando la música de nuestros padres: los Beach Boys, Simon & Garfunkel, The Zombies, Joni Mitchell, Fairport Convention, Steeleye Span, Love, Marvin Gaye, Bach, Crosby Stills & Nash, Bob Dylan, Buffalo Springfield, y cualquiera de esas bandas que esperarías encontrar en las colecciones de discos de los nacidos con el baby boom”. Y, antes de seguir, que quede claro que eso no es ser “retro”, eso es tener buen gusto.
A eso, y a algunas cosas más, suena su homónimo primer elepé, a pop barroco, a psicodelia ligera y a agro-folk, todo ello aderezado con ciertos efluvios pastorales y de foc-de-camp con el Esplai de la parroquia, sumándole a la mezcla ciertos toques, en temas como “Quiet houses”, que hacen pensar en cosas más contemporáneas como Band of Horses o The Shins.
Supongo que esta crítica llega tarde y ya habeis leído miles de críticas en Pitchfork, RockdeLux y Música-en-la-mochi en las que se entroniza a Fleet Foxes como salvadores del rock’n’roll y estais pensando que voy a decir lo mismo que todos ellos. Pues no.
Sí que estoy de acuerdo en que este es un disco muy trabajado, imaginativo y peculiar, con un toque muy personal y arreglos y harmonías deliciosas que aseguran una agradable y placentera escucha, y también en lo de que Fleet Foxes han sabido digerir sus influencias y excretarlas de forma original y nada copycat.
Pero como siempre aquí va mi jarro de agua fría. Después de escuchar decenas de veces este disco en el último mes no puedo evitar sentir que las canciones adolecen de una falta de “pegajosidad”. Igual sea un defecto personal, pero no consigo que sus melodías (con la honrosa excepción del tema que cierra el disco, “Oliver James”, una sencilla maravilla con madera de clásico en la que Robin Pecknold, compositor y voz, canta como los mismos ángeles del paraíso) se adhieran a mi córtex cerebral como sí lo hacen, por ejemplo, las de los nombrados Zombies, Fairport Convention o incluso Left Banke, por decir alguna bandas de los 60 en una onda parecida.Y eso para mí es un problema, no sé para vosotros. Igual os lo poneis sólo para fregar los platos o hacer Iyengar yoga y no teneis la necesidad de tararear y silbar las cosas como unos posesos. Yo sí.