David Bazan tiene una fórmula, una señora fórmula. Sordea una cejilla básica y habla-como-si-cantase. Luego, cuando llega el encabronatto, se aclara la voz (jum jum) y canta de verdad. Y entonces se abren los acordes. Punto y aparte.

Este patrón se repite una y otra vez en todas sus canciones y todos sus discos, y la variación de uno a otro es, fundamentalmente, que en una veces pone el Fa antes del Do y en otras lo hace después. Así: Do-Fa. Con todo, servidor, que prefiere mil veces unos mejillones al ajillo a un “mignon flambé con cruixent de mango i reducció de lichi”, no se pone quisquilloso con las fórmulas. Es más, me encantan. De hecho, cuando David Bazan saca un nuevo disco suelo pagar por él. Y entonces hago eso tan impropio en nosotros los anarcoburgueses refinados: aguardo un instante con curiosidad, escucho, y quedo completamente satisfecho cuando compruebo que el señor Bazan hace lo mismo de siempre. Exactamente lo mismo. Y con la misma pasmosa serenidad.

En la ultramodernidad, necesitamos algunas pautas, bien sea la Antonia gritándome un año más que ya le han llegado “los de calanda” (aguardo todo el verano esa cosecha, slurp) o el Señor Bazan sacando el mismo disco de siempre.

Pero, pero, pero. Hay aquí un gran pero.
Esto, pese a ser Bazan, no es el mismo disco de siempre. Aquí se ha arrejuntado con unos coleguillas, me temo que todos ellos cristianos adventistas sobrealimentados (uno de ellos TW Walsh, de quien tengo uno de los discos más aburridos que haya adquirido nunca), y han hecho un disco de pop con sintes. ¿El resultado? Asín asán. La letanía de Bazan es la misma. Lo suyo es un trajín de monje dominico, nunca mejor dicho. Casi tiendo a pensar que a sus Pedro The Lion les hicieron un cambalache en el que se vieron obligados a cambiar circunstancialmente de instrumentos. Si no, no se entiende.

El caso es que el Bazan colocado frente a unas teclas no tiene la misma consistencia, es más dulce y aquoso, más blandito, y a mí me gustan los melocotones de calanda, como ya he dicho.
C

on todo, supongo que los admiradores del león Pedro querrán tener este disco –yo quería tenerlo-, y no me extraña. Bazan, como dije al principio, tiene una señora fórmula, aunque alguna vez se le corte la mezcla.