Primera reproducción al volante y en conversación, un run-run más en el ruido de la carrera: “Sha la love” es un álbum que de buenas a primeras suena pasajero. Aunque en un vagón de la Renfe a las dos de la tarde, sin nada más que hacer, los 10 temas de Martin McFaul empiezan a tomar otra dimensión. En general, el disco tiene una textura muy aérea, impresión acentuada por la voz monótona que recuerda a alguno de los Teenage Fanclub. Con unas cuantas pasadas y ganas de entretenerse, el álbum pasa a ser una delícia. Te das cuenta que Mcfaul consigue crear cortes de una esencialidad estructural efectiva sobre ritmos muy diferentes. Es como si se hubiera dedicado a desnudar todo groove posible – des de una bossa (Sha la la) a un rockabilly (Cruisin) – con un tacto entre exageradamente limpio y distraídamente electrónico. Para mi, hay un par de temas que llaman especialmente la atención: Surfboard Graveyard, un pseudobolero a base de vibratos y Before I grow too old, que se merecería una base al más puro estilo rock-steady primigenio. A parte, Robogirl es una canción perfecta para un juego de carreras
en el Grand Canyon y You know me podría ser un tema de Joan Baez, así Rough road sería canción francesa en boca de Brassens.

Barriendo ligeramente la red y el librito, veo que McFaul es de la escuela sueca. Su biografía no es para nada especial: família de artistas (ahí se huele su polifacetismo), de padre escocés y afincados en Göteborg. El booklet es, en mi opinión, suficiente: letras, créditos (con un montón de intérpretes y colaboradores) y con un diseño fresco, sencillo y efectivo con un toque naïf muy adiente.
En definitiva, Sha la love es un disco que, aunque quizás no convenza su falta de frescura y la sofisticación de los sonidos, fascina por la capacidad de crear una enorme paleta de paisajes rítmicos de una misma pintura y pincel.