Si de verdad os interesa lo que voy a contaros, lo primero que querréis saber es dónde nació Owen, cómo fue todo ese rollo de su infancia, qué hacían sus padres antes de tenerle a él, y demás puñetas estilo David Copperfield. Lo único que sucede es que Owen no tuvo infancia, ya que nació en el año 2001 siendo un señor mayor. De hecho, Owen no tiene ni apellido, ni hipoteca, ni pasaporte, ni nada de eso. Owen es tan sólo el nombre del proyecto en solitario de Mike, el hermano pequeño Kinsella, de los Kinsella de Chicago de toda la vida (Cap’n Jazz, Joan of Arc, American Football, Owls, etc.), en su papel de singer-songwriter nostálgico y preciosista. Aunque eso lo voy a ignorar y a partir de aquí voy a llamarle “Owen” por que me gusta y porque me divierte.
A Owen podríamos encuadrarle en una lista personal e intransferible de compositores que, a la que se deshacen de la estructura de grupo-de-rock-de-toda-vida, me acaban gustando más que las bandas en las que han estado. Stephen Brodsky es otro de ellos. Me encantó su disco Expose your overdubs, una suerte de folk entre la saudade y el optimismo sandunguero, cuando nunca he podido soportar el rollo metalero progresivo de su horrible banda madre, Cave In.
Con Owen me pasa lo mismo. Cap’n Jazz me gustan lo justito, aunque deba darles el crédito que merecen por haber influenciado a miles de bandas de emo jotero a lo largo y ancho del medio Oeste norteamericano. Con Joan of Arc lo que me pasa es que me hacen albergar sentimientos contradictorios, a veces me parecen un grupo original que se esfuerza por hacer cosas nuevas y diferentes y otras me parecen una soberana tomadura de pelo. Y American Football me gustan, pero echo en falta la personalidad y el detallismo del que ahora hace gala él solito.
Owen es como para darle de comer aparte. At home with Owen es un disco bonito y emocionante, melancólico y triste, pero no de esos que te pones para hacer otras cosas que requieren concentración ya que, de vez en cuando, vas a tener que parar a fijarte en ese arreglo de piano precioso de allí, esas intrincadas figuritas que talla con su guitarra allá o esa estrofa temblorosa y rasgada con la que se arranca acullá y que te pone el corazón en puño.
Lo malo (y no por culpa de Owen) es que esa concentración es difícil de conseguir en un bar, en una presentación de un fanzine llena de amigos que hace tiempo que no se ven. Sí, esta es la música que sonaba cuando nos amonestaron por hablar (¡ssssssh!) en el Heliogábal de Gràcia, bar famoso por el respeto a los artistas que allí actuan y por achantar a los moscardones que por allí zumban (de los que, lo siento, he formado parte activa alguna que otra vez).
Al respecto de Owen, sin embargo, y a pesar del nivel de decibelios alcanzado en cuchicheos y conversaciones de barra en su concierto del año pasado, él estuvo, tocó y triunfó. Así es el Helio, así es la gente y así son los tíos buenos (musicalmente), como pueden comprobar en este siguiente video, recogido tal día como aquel, y en el que la gente no sólo habló sino que además se lo pasó bomba. Viva Owen y fuera nosotros.