En un tiempo en el que la extravagancia (Animal Collective y derivados) y el exceso (Arcade Fire y derivados) parecen haber tomado el timón de la música independiente, la presentación discográfica de Tall Firs pasará -a estas alturas, ya se puede decir ‘ha pasado’- sin pena ni gloria por la mayoría de oídos. Y es que, quienes busquen piruetas circenses pueden dejar ya de leer esto que escribo, porque aunque provengan del underground neoyorkino, la originalidad a toda costa es la última de las preocupaciones de este trío. La senda transitada por Tall Firs ya fue abierta y explorada hace más de diez años por grupos como Low, Codeine o Idaho. Es más, si me apuran, podríamos seguir tirando del hilo hasta llegar a Nick Drake y, a partir de ahí, perdernos en la historia del rock limpio y sincero.

La música de Tall Firs se basa en echar a un lado todo lo superfluo e innecesario, todas las distracciones, hasta dejar ver, sin efectismos ni aflicción, el corazón emocional de sus composiciones. En este proceso depurativo se dejan atrás modas y estilismos, hasta alcanzar una expresividad que parece suspendida en el tiempo, ajena a todo lo que ocurre a su alrededor.

Aquí encontramos únicamente dos guitarras, tímidamente eléctricas, que se entrelazan de manera precisa y equilibrada, acompañando con delicadeza a unas voces llenas de cálida confidencialidad. De tanto en tanto, asoma la cabeza una percusión extremadamente austera que ayuda a reforzar la canción en los momentos necesarios. Con esto se bastan Tall Firs. No necesitan nada más. Hasta el punto de que cuando se les ocurre añadir algún otro elemento o alterar el patrón expresivo de la instrumentación, se rompe el equilibrio y se revela lo poco acertado del atrevimiento (véanse ‘The woods’ y el tramo final de ‘Road to ruin’).

Al margen del camino de referencias formales que señalaba al concluir el primer párrafo (y tampoco muy al margen), existe un apunte bastante más preciso a la hora de hacerse una idea de cómo suena este grupo. Es muy sencillo: Narcoticen la energía eléctrica de Sonic Youth y tendrán a Tall Firs. Aunque existen vínculos reales entre ambos grupos (repasen créditos y ya verán), esta comparación no necesita muletas. Sólo escuchen “Daydream nation” antes de “Tall firs” y se darán cuenta de que son discos gemelos. Ambos tienen esa pasión pura y atemporal a la que sólo aspiran las obras verdaderamente perdurables. Concluyendo, aquí tienen una inversión segura.