Digamos que las intenciones son buenas. Lo que rodea a las canciones tampoco está mal: hay bongos, un poquito de programación, palmaditas (ah, palmaditas pop: las adoro), algún órgano y unas guitarras muy efectivas. El principal defecto: la forma en que se ha hilado voz e instrumentos. Es –y les ruego disculpen la expresión- “bluesera” en demasiados momentos: lo que se canta y lo que acompaña a lo cantado es un calco recíproco. Ya deben conocer esa irritante propensión de algunos grupos punks de antaño de hacer que la voz cantase los tres acordes guitarreros. Sol-sol-sol-sol-sol-sol-sol/re-re-re-re-re-re-re/do-do-do-do/sol-sol-sol. Mal-di-ta-so-cie-dad-nos-e-cha-la-ba-su-ra-li-li-li-lo-la. Es una cosa que no he soportado nunca. Ni siquiera en el blues, en donde se supone que es una forma natural del estilo. A-ma-meeeeeeiiii (I’m a man). Y la guitarra igual: pee-peee-peeeoion. Que no, oigan. Precisamente lo agradable de la música, por lo que mí respecta, es que los instrumentos y la voz, mientras mantengan una cierta armonía, pueden hacer lo que se les antoje. No tienen porqué viajar juntos. Es más: lo que realmente disfruto es que se produzcan momentos de desconexión. Que haya un cierto caos. Estructurado, eso sí. Pero volvamos a la reseña. Les he hablado que hay un defecto “principal”, lo cual indica que existen otros. Ahí van algunos: colocar las cuatro cancioncillas más decentes todas juntas y al final (“The Midwest Coast”, en la posición 12, repetida doce veces con pequeñas variaciones, haría de este un disco una gloria bendita); torcer la voz como si se estuviese improvisando la tonada sobre la marcha (¡qué sensación de no saber por donde andan!); hacer de los coros una pista ininteligible –hay que ponerse los cascos para certificar que, efectivamente, hay coros ahí enterrados-; y, finalmente, unas composiciones que no van muy allá en nada… Un poco como le pasa a la mayoría de discos que circulan por ahí, y cuyo problema elemental es que “son originales y buenos, pero donde son buenos no son originales y donde son originales no son buenos” (Samuel Johnson dixit). Y al fin, para los lectores diderotianos que padecen biografilia (algunos de los cuales protestaron enérgicamente mi diatriba contra la sobreinformación-para-entendidos), les dejo con los desapacibles enlaces virtuales:
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